Durante casi dos décadas, el teléfono móvil ha sido el centro de gravedad de nuestra vida digital. Es cámara, cartera, agenda, mapa, oficina, ocio y, en muchos casos, extensión de nuestra identidad. Pero en los pasillos de Silicon Valley se empieza a hablar en voz alta de una idea que hasta hace poco sonaba a ciencia ficción: el smartphone podría no ser eterno.
La inteligencia artificial ha reabierto una vieja obsesión de la industria tecnológica: encontrar el próximo gran dispositivo de consumo. No uno mejor, sino distinto. No una evolución del móvil, sino su posible sustituto. Y esta vez, el cambio no vendría impulsado por una pantalla más grande o un chip más rápido, sino por un nuevo paradigma: dispositivos siempre activos, conscientes del contexto y diseñados desde cero para convivir con la IA.
Del “tocar” al “conversar”: un cambio de paradigma
El smartphone es, en esencia, un objeto que exige atención. Hay que sacarlo del bolsillo, mirar una pantalla, tocarla. La nueva generación de gadgets que exploran Meta, Google, Apple u OpenAI propone justo lo contrario: tecnología que se diluye en el entorno y responde sin ser invocada explícitamente.
Gafas inteligentes, pines, auriculares o broches prometen asistentes que escuchan, ven y entienden el contexto en tiempo real. No esperan órdenes, se anticipan. No muestran menús, dialogan. Es el paso del interfaz táctil al interfaz conversacional y sensorial.
Desde un punto de vista científico y cognitivo, esto no es menor. Supone descargar parte del esfuerzo mental en la máquina y cambiar nuestra relación con la información. La tecnología deja de ser una herramienta puntual para convertirse en un acompañante constante.
Las gafas: el candidato mejor posicionado
Entre todos los formatos en experimentación, las gafas inteligentes parten con ventaja. La razón es anatómica y cognitiva: están alineadas con la mirada humana. Captan exactamente lo que vemos y pueden superponer información sin romper la continuidad de la experiencia.
Meta ha avanzado más que nadie en este terreno. Sus gafas Ray-Ban con inteligencia artificial ya integran micrófonos, cámaras, altavoces y, en los modelos más recientes, una pequeña pantalla en la lente. Para Mark Zuckerberg, no se trata de un accesorio, sino del embrión del próximo dispositivo de masas.
Google, que fracasó estrepitosamente con las primeras Google Glass hace más de una década, vuelve a intentarlo con Android XR y su IA Gemini. Apple, fiel a su estrategia de madurar tecnologías antes de lanzarlas, trabaja en prototipos que apuntan en la misma dirección. Incluso fabricantes chinos están acelerando desarrollos para no quedar fuera de la próxima ola.
Pero… ¿realmente pueden reemplazar al móvil?
Aquí conviene bajar el entusiasmo y aplicar mirada crítica. Desde el punto de vista tecnológico, los límites son evidentes: baterías reducidas, problemas de privacidad, ergonomía imperfecta y dependencia todavía fuerte del smartphone para muchas funciones.
Desde el punto de vista social, las barreras son aún mayores. No todo el mundo quiere llevar gafas, ni ser grabado por dispositivos ajenos, ni interactuar constantemente por voz con una máquina. Además, el móvil ha triunfado porque es universal: sirve para todo y para todos. Ninguno de los nuevos gadgets ha demostrado aún esa versatilidad.
La historia reciente invita a la prudencia. Los relojes inteligentes no sustituyeron al teléfono; lo complementaron. Los pines con IA, como el de Humane, prometían una revolución y acabaron convirtiéndose en advertencias tempranas de lo difícil que es cambiar hábitos profundamente arraigados.
La batalla real: el control del acceso al usuario
Más allá del hardware, lo que está en juego es quién controla la puerta de entrada a la experiencia digital. Hoy esa puerta es el smartphone, dominado por Apple y Google. Un nuevo dispositivo exitoso permitiría a otras compañías intermediar directamente entre el usuario y la información, los servicios y la publicidad.
En este contexto se entiende el movimiento de OpenAI. Su alianza con el diseñador Jony Ive y su apuesta por dispositivos sin pantalla apuntan a algo más ambicioso que un gadget: una nueva plataforma. Sam Altman no oculta su objetivo de distribuir la inteligencia artificial sin depender de los ecosistemas móviles existentes.
¿Estamos preparados… o solo curiosos?
La pregunta clave no es si la tecnología estará lista, sino si lo estaremos nosotros. Sustituir el móvil implica redefinir conceptos como privacidad, atención, dependencia tecnológica y autonomía personal. Un asistente que lo ve y oye todo plantea dilemas éticos que apenas empezamos a discutir.
Probablemente, el futuro no llegará como una ruptura brusca, sino como una transición silenciosa. Primero como accesorios, luego como alternativas parciales y, solo quizás dentro de una década, como sustitutos reales del smartphone.
Por ahora, el móvil sigue siendo insustituible. Pero algo ha cambiado: por primera vez desde su irrupción, la industria ya no da por hecho que seguirá siendo el centro de nuestra vida digital. Y cuando Silicon Valley empieza a imaginar seriamente un mundo sin smartphone, conviene prestar atención.
No porque el móvil vaya a desaparecer mañana, sino porque el futuro ya está ensayando nuevas formas de ponerse —literalmente— ante nuestros ojos.









