Costa Rica se ha convertido en un referente mundial en materia de sostenibilidad energética al lograr que alrededor del 95 % de su electricidad provenga de fuentes renovables. Este logro no es el resultado de una acción aislada ni de una política reciente, sino de décadas de decisiones estratégicas, inversión pública y una visión de país que entiende la energía no solo como un recurso económico, sino como un pilar del bienestar social y la protección ambiental. En un contexto global marcado por la dependencia de combustibles fósiles y las consecuencias del cambio climático, el modelo costarricense destaca como una alternativa real y funcional.
La base de este sistema energético limpio se encuentra principalmente en la energía hidroeléctrica, que históricamente ha sido la columna vertebral de la generación eléctrica del país. Gracias a su geografía montañosa, abundantes ríos y un régimen de lluvias constante, Costa Rica ha podido aprovechar el agua como fuente de energía de manera eficiente. Sin embargo, lejos de depender únicamente de este recurso, el país ha diversificado su matriz energética incorporando energía eólica, geotérmica, solar y biomasa, lo que le permite mantener la estabilidad del sistema incluso en épocas de sequía o variaciones climáticas.
Uno de los aspectos más llamativos del caso costarricense es que la apuesta por las energías renovables comenzó mucho antes de que la crisis climática se convirtiera en una preocupación global. Desde mediados del siglo XX, el Estado impulsó un modelo eléctrico basado en empresas públicas fuertes y una planificación a largo plazo. Esto permitió desarrollar infraestructura energética con criterios de sostenibilidad, priorizando el acceso universal a la electricidad y minimizando el impacto ambiental. Hoy, prácticamente la totalidad del territorio nacional cuenta con suministro eléctrico, algo poco común incluso en países más industrializados.
La energía eólica ha ganado protagonismo en las últimas décadas, especialmente en zonas como Guanacaste, donde los vientos constantes permiten una producción significativa de electricidad. Por su parte, la energía geotérmica, aprovechando la actividad volcánica del país, ha demostrado ser una fuente estable y limpia, capaz de generar electricidad de forma continua sin depender de las condiciones climáticas. Esta combinación de fuentes reduce la vulnerabilidad del sistema y refuerza la seguridad energética nacional.
El impacto de este modelo va más allá de la reducción de emisiones de carbono. Generar electricidad de forma renovable ha permitido a Costa Rica disminuir su dependencia de importaciones de combustibles fósiles, lo que se traduce en mayor independencia económica y estabilidad frente a las fluctuaciones de los precios internacionales del petróleo. Además, el desarrollo de energías limpias ha impulsado la innovación, la creación de empleo y el fortalecimiento de capacidades técnicas locales, consolidando un sector energético robusto y moderno.
Este liderazgo energético también refuerza la imagen internacional de Costa Rica como un país comprometido con el medio ambiente. Junto con su política de conservación de bosques y biodiversidad, la generación eléctrica renovable forma parte de una identidad nacional basada en la sostenibilidad. Esto ha tenido efectos positivos en sectores como el turismo, donde la imagen de país verde y responsable atrae a millones de visitantes cada año, generando ingresos que, a su vez, apoyan la protección de los recursos naturales.
No obstante, mantener este nivel de generación renovable no está exento de desafíos. El cambio climático introduce incertidumbre en los patrones de lluvia, lo que puede afectar la producción hidroeléctrica. Por ello, Costa Rica continúa invirtiendo en diversificación energética, almacenamiento y eficiencia, consciente de que el éxito alcanzado debe sostenerse con innovación constante y adaptación. El objetivo no es solo mantener el 95 %, sino avanzar hacia un sistema energético aún más resiliente y sostenible.
En un mundo que busca con urgencia soluciones frente a la crisis climática, Costa Rica demuestra que la transición energética no es una utopía reservada para el futuro, sino una realidad posible cuando existe voluntad política, planificación a largo plazo y compromiso social. Su experiencia envía un mensaje claro: es viable generar electricidad de manera limpia, confiable y accesible, y hacerlo no solo beneficia al planeta, sino también al desarrollo económico y a la calidad de vida de las personas.









